22 julio 2007

El estilo


Todo lector encuentra, tarde o temprano, el camino a la flor amarga de un poema terrible y bello que no teme develar lo indecible. Los puntos de partida parecen claros: Baudelaire o Rimbaud, García Lorca o Vallejo, Mandelstam o Celan. Y están los caminos más violentos: Tsvietáieva y Plath y Pizarnik. Pero sobre todo está el pasaje casi secreto hacia la voz desnuda, la vida desgarrada y la historia mutilada en la poesía de Anna Swir.

San Francisco, 1985. Una tienda de libros usados. Un ejemplar golpeado de cubierta dorada y un título aséptico: Antología de la poesía polaca de posguerra editada por un tal Czeslaw Milosz. Lo abro al azar y leo los primeros tres versos de un poema: «Si me amas no me beses./Si me amas no me abraces./Si me amas, mátame».

Hubiera querido declararle mi amor a Anna Swir, pero era incapaz de matar por amor. Busqué en cambio a un testigo, a un hombre que la conocía y podía explicarme por qué Anna Swir sólo podía permitirse lectores implacables. Así que una madrugada de tantas, tomé el tren a la Universidad de Berkeley y me inscribí como observador de una clase maestra de literatura, pretendiendo interés por el Departamento de Lenguas Eslavas.

En realidad, sólo me interesaba conocer al poeta polaco que por muchos años enseñó ahí literatura y que ahora visitaba la universidad de forma casi furtiva. Fui aceptado. La única condición era no interrumpir la clase; yo era sólo un observador, después de todo.

Impaciente, no pude esperar hasta el final de la clase, así que levanté mi brazo y dije:

—Profesor Milosz, ¿qué quiso decir Anna Swir cuando dijo que un poeta sólo tiene dos misiones: crear un estilo y destruir ese estilo, siendo la última la más importante?

El resto de estudiantes estalló en risas porque mi pregunta no tenía nada que ver con el tema en discusión, pero el profesor con aspecto de lechuza de oro miró sus manos vacías por un instante y respondió al enigma con una insoportable verdad:

—Porque un estilo encarna la historia.

Y desde entonces sé cómo encarnar y destruir la historia en mí, y sé cómo amar hasta el crimen con mis palabras.


Jorge Ávalos

Originalmente publicado en La Prensa Gráfica, el 30 de agosto de 2003.

Un poema de Milosz

Un cristiano pobre observa el Ghetto

5 comentarios:

Miguel Angel Servellón dijo...

Interesante pagina, te felicito, sigue adelante.
Saludos

gabi dijo...

Como hija y madre de artistas, aprecio mucho los espacios dedicados al arte de nuestro país. Me gustó mucho tu blog. Me gusta tu estilo no dogmático, porque ante el dogma el arte deja de ser libre, es decir: deja de serlo...

Llave maestra dijo...

Jorge: esta bitácora me gusta pero la tenés olvidada. Porfa, alimentala.

alvaro rivera dijo...

Jorge:

Te quería contar que en la feria del libro usado de Madrid, por fin encontré una pequeña antología de Miloz. Llevaba años buscándola. La publicó Tusquets en 1984. Poca es la poesía de Miloz que se ha traducido al español. Su prosa ha tenido más suerte, se pueden encontrar varios libros suyos: aquí tengo sobre la mesa "El pensamiento cautivo", también editado por Tusquets en 1981. Un saludo y cuidate.

Solavá dijo...

También la poesía de Milosz no siempre está bien traducida. Si vas al enlace que está al final de este post y lees mi traducción del poema "Un cristiano pobre observa el Ghetto" y la comparas con las que han sido traducida hasta la fecha vas a notar una gran diferencia. Es una cuestión de afinidad, por un lado, pero también es por el método de traducción: yo no traslado de un lenguaje a otro. Primero asimilo el poema, y luego hago de él lo que Kijadurías llama una "conversión" a nuestra lengua. Es más un proceso de alquimia. Una traducción literal es sólo la mudanza del contenido de una lengua a otra, pero un poema no es sólo contenido.