01 julio 2007

Mi exilio

Liliam Jiménez

Salí de mi país, por primera vez, en 1945, muy joven, herida por la fría realidad del medio ambiente, sin ninguna experiencia, ávida de conocimientos, alentada por sueños y poblada de anhelos profundos.

Once años lejos de mi patria me enseñaron a ver, con claridad, que la persona que se dice humanista debe vivir, debe luchar, debe soñar en función de su propio pueblo. Y solamente así es capaz de sobrevivir y de vencer a la muerte.

Once años de ausencia de mi propio país, me demostraron con precisión que las manos que laboran a diario en el campo y en la fábrica, son las manos que hoy se alzan victoriosas con el nuevo mensaje de la vida.

Once años fuera de este ambiente salvadoreño, me sirvieron de escuela para llegar a descubrir el camino justo del hombre y la profunda razón de su existencia.

Once años maduraron sobre mi cuerpo, sobre mi corazón y mi conciencia, como maduran lentamente los frutos dorados por el sol entre los árboles.

Once años llenaron mi voz y mi palabra de minerales esencias, aprendí a modelar los ecos, a responder al tiempo, y a soportar el azaroso camino de los que pugnamos por expresar al pueblo. Un lenguaje interior se ha desatado en mi propia conciencia, nacido del antiguo dolor del hombre y transmitido de generación en generación en ese angustioso éxodo del hambre.

Yo no soy más que un producto humano de la sociedad contradictoria de esta parte Occidental del mundo. Estoy viviendo, inmersa, una época brillante de transiciones históricas. Golpea fuertemente en mis sentidos el drama de estos pueblos; y respiro, como si fuera un aire de tormenta, los vientos que ahora se desatan con el siglo.

Abro los poros hacia el mundo y percibo con el tacto la nueva realidad que se avecina. La tibia y antigua voz del hombre de mi raza ha penetrado en mis oídos y me ha entregado indefensa en la corriente de sus aguas.

Abro los ojos y caben en ellos todos los paisajes; abro mi pecho y cabe todo el Cosmos. Conmovida contemplé el Izalco, subí la parte más alta de los Cuchumatanes; azotada por emociones diversas atravesé el atlántico, vi los grandes lagos de Suiza y volé sobre el Cáucaso; admiré Siberia, y estremecida llegué hasta el Asia donde la China guarda sus tesoros antiguos. ¡Qué sed Abierta! ¡Qué inmensidad de sueños!

Liliam Jiménez (1922-2007). Poeta salvadoreña, autora de Insomnio en la cárcel y otros poemas (1980), entre otros libros. Una nota biográfica más extensa se puede encontrar en la nota: Murió poeta salvadoreña Liliam Jiménez. El texto citado apareció originalmente en la crónica de viaje Yo estuve en China, publicado en la revista La Universidad, vol. 84, No. 3-4 (julio-diciembre), pp. 393-404, San Salvador: Editorial Universitaria, 1959.

4 comentarios:

J. Garcia dijo...

Mire Ud., pues, éste texto sería, me parece, el perfecto ejemplo de lo que Kundera (y Broch) llamaría lo "kitsh" en literatura.
¡Cómo abunda eso en el país!
¡Y además se le promociona! Pura basura sentimentaloide. Y de eso no están exentos casi ninguno de nuestros poetas. Ya no le escriben a Margarita si no a la Patria, al Comandante (guerrilero, no municipal) a la bella joven y su M-16, etc etc.
Ya parecería que la traigo con la señora pero no, es justo que se me pone en el camino de mis últimas búsquedas en los blogs.

Solavá dijo...

Durante los últimos treinta años ha habido un endiosamiento de lo kitsch en el arte, el cual fue ubicado al centro de atención durante la década de los 1990 porque era una sobredosis de signos. Ejemplo clásico: Almodóvar. Buen cineasta, quizás un verdadero genio, pero kitsch.

Y si seguimos las definiciones que originaron el uso del término en la crítica, es decir, las de Theodor Adorno y Hermann Broch de la escuela de Berlín, toda la literatura salvadoreña es kitsch: Alfredo Espino, kitsch; Roque Dalton, kitsch a la quinta potencia. Aún más allá: Jaime Sabines, kitsch; Mario Benedetti, kitsch. Más atrás: Gustavo Adolfo Bécquer y Amado Nervo, ambos maestros ejemplares de lo kitsch.

Rubén Darío le cantó a su patria y a una princesa triste pero no es kitsch ni de asomo. Su Sonatina es transgresora por la diamantina precisión con que trata las ansias sexuales de una adolescente. Borges no le cantó a los M-16, pero se derretía como una adolescente virgen por las dagas, los cuchillos y los puñales de los gauchos de la pampa y los matones de los arrabales. Borges, según las definiciones de Adorno y de Broch no era kitsch, pero según la definición de Kundera sí. Y Kundera tampoco dudaría en llamar kitsch a los autores que no tienen autonomía intelectual (a la Voltaire) y suelen ajustarse con demasiado afán a programas políticos autoritarios: Ezra Pound por ejemplo, cuyos Cantos son el mayor monumento al peor de los gustos, el que tuvo por el fascismo y por Mussolini.

¿Liliam Jiménez? Kitsch, absolutamente. Pura basura sentimentaloide, diría yo también. Y me gusta. Porque no es cualquier basura y porque no es cualquier sentimiento al que se refiere. Hay que divertirse también.

J. García dijo...

Un poco rápido con el gatillo en tu juicio sobre Pound, me parece. Y sí, un buen 80% de la poesía salvadoreña es kitsch y del peorcito.
Y como decía un maestro por ahí: ser buena gente aún no es profesión. Y menos, arte, añadiría yo.
Salú.

Solavá dijo...

Mi juicio sobre Pound está donde debe estar, sobre todo porque es uno de mis poetas favoritos.

Y soy muy buena gente. Pero nadie que entra al palacio de las ideas blandiendo torpemente una espada puede esperar otra cosa que una espada certera.