19 noviembre 2006

Plumas


Hace algunos años, en Nueva York, una mujer me amó después de verme bailar ballet. Mi maestra de danza se llamaba Oona, un nombre finlandés que se pronuncia «Una», y ese día había traído a una bella amiga a su clase. Ambas eran estudiantes de Juilliard y verdaderas fanáticas del método creado por el célebre coreógrafo José Limón. La amiga de Oona, a quien yo llamaba «Dos», se rió de mí a carcajadas cuando me vio bailar.

—¿Por qué demonios estás en una clase de ballet? —me preguntó.

—Porque sabía que aquí podía conocer a una mujer como tú —le contesté.

Es el tipo de cosas que uno dice para esquivar un bochorno y ganar puntos en la escala de simpatía. La verdad era otra: amo la danza desde los cuatro años.

A veces el destino nos depara ser una tercera persona en la trama de un amor imposible, aunque irresistible por esa misma razón. Cuando estaba en el kindergarten del Sagrado Corazón de Jesús, mi hermana María Eugenia, de cinco años, se unió a una producción estudiantil de El lago de los cisnes. Mi hermana era gordita y tenía los pies planos, así que el instructor sólo le enseñó a entrar, dar vueltas y salir del escenario. María Eugenia aceptó ese trato en silencio porque su amor por el ballet era más grande que su orgullo infantil.

La noche del estreno vimos el nacimiento de una pequeña estrella: una niña llamada Carmen Aída Alcaine bailó como un ángel. Por su lado, mi hermana se convirtió en la otra atracción de la noche, pero por las razones equivocadas. Las plumas de su tutú estaban mal cosidas y a cada giro salían volando por todo el escenario. Yo armé un escándalo cazando plumas y me mandaron a casa.

«Dos» se rió conmigo cuando le conté esa historia. Eso no significa que dejó de reírse de mí cada vez que me veía bailar. Acepté su brutal honestidad porque mi amor por ella era más grande que mi orgullo. Aunque me había ganado su corazón, ella no perdió su razón por mí. ¿Pero qué importaba? Sobre todo si algún día —como en este día— yo podía presumir de haber amado a mi mejor y más dura crítica.

La fotografía la tomé en el Teatro Presidente de San Salvador en marzo de 2002, y muestra a Marta Castellón de la Escuela Nacional de Danza, poco antes de salir a escena.

4 comentarios:

Ixquic* dijo...

Me gustaron ambas historias.

En las dos el amor es más grande que el orgullo.

y Marta se ve preciosa, me gusta esa fotografía.

Claudia dijo...

Que bien tener a alguien en mas en la blogosfera interesado en la cultura!!

Saludos

Solavá dijo...

Ví tu blog Claudia, qué interesante esa perspectiva desde Japón.

La foto de Marta Castellón es una de mis favoritas. Se ve tan bella, pero fue una foto casual que le tomé antes de una presentación de Las Sílfides. La invité a que hiciéramos una sesión de fotografías en la que apareciera bailando. Quería hacerlo porque su cuerpo tiene ciertas cualidades plásticas que son muy raras entre las bailarinas salvadoreñas, y se lo expliqué, pero no quizo. Así que esa es la única foto individual que tengo de ella.

soysalvadoreno dijo...

Comparto la alegría de Claudia. Que bueno tener a mas salvadoreños en la blogosfera.
Me alegra que se haya decidido a escribir y publicar su blog. Espero estar de visita por aca frecuentemente.

Saludos